Los incombustibles
es un artículo de Justo de la Cueva publicado en su sección semanal "Palabras armadas" en el nº 245 (del 27 de noviembre al 4 de diciembre de 1981) de la revista PUNTO Y HORA DE EUSKAL HERRIA.
Los incombustibles
Son una gozada de gente. De entrada, son distintos. Pero no ya distintos de los demás. Sino distintos entre sí. Bajos y altos. Gordos y flacos. Mujeres y hombres. Con barbas y sin ellas. Rubios y morenos. Serios y cachondos. Tripalaris y ascéticos vegetarianos. Gourmets y naturistas. Letrados e iletrados. Exuberantes y herméticos. Son distintos, variopintos, abigarrados y variados. Pero son inconfundibles. Son incombustibles.
Te tropiezas con uno de ellos o una de ellas por las calles o en un txoko y es como si en una película en blanco y negro apareciera de pronto un personaje en tecnicolor. Parecen expertos en "robar cámara" a las autotituladas estrellas de la película. ¡Qué gente, tú!. Son incombustibles.
Llevas un rato maldiciendo tu perra suerte que te ha colocado en un grupo de eruditos a la violeta, de lánguidos fulanos empeñados en aburrirte con su vacío y distante desencanto, enredados como racimo de cerezas en sus quejas de lo mal que va todo, embridados con sus miedos y sus dengues y ¡zas! llega uno de los incombustibles y enseguida sabes que te han salvado del mal rato y del mal trago. El tío le dice una burrada frescachona, procaz y divertida a la exquisita profesora descolocándola por completo, le sacude un amistoso puñetazo a la tripa del petimetre afectado y "desencantado" que se dobla en dos ante el golpe como si partido "bisagra" fuera, lanza una estentórea risotada en la papada de la cultísima matrona que andaba perorando sobre los poetas alemanas del barroco tardío, le coloca unas pegatinas anti-OTAN en la bien perfilada solapa al empresario de miras telemétricas para bazookas y, en un solo movimiento, te agarra del brazo y va y dice: ¡Zuzen! ¡Cabrón! ¡Vente que llegamos tarde! Y segundos después te has salvado de la quema.
Literalmente de la quema. Porque los otros, los aburridos, educados, afectados, desencantados, no solo es que eran gente en blanco y negro, desvaída, desteñida, destilada. Que lo eran. Es que, además, eran –y presumían de serlo- gente "quemada". De esa gente que inevitablemente te ha puesto la ropa hecha un cristo al poco rato de estar contigo espolvoreándotela con sus cenizas. Con las cenizas de su antigua militancia. Con las cenizas de su antiguo entusiasmo. Con las cenizas de su antigua esperanza. Con las cenizas de su antigua, y ya abandonada, dedicación a una causa decente, tensa, hermosa y dura.
Felizmente son muchos, son bastantes, los incombustibles. Los que no se queman. Los que no están "quemados", gastados, derrotados. Los que no han tirado la toalla de la lucha por la utopía. Los que andan, tenaces y obstinados, apalancando con los fórceps de su práctica la cabeza escurridiza de un mundo nuevo que vacila todavía en nacer.
De forma espléndidamente congruente (¡Ah, la universal vigencia del principio de la unidad de los contrarios!) son incombustibles precisamente porque están siempre quemando energías. Porque siempre están haciendo algo. Porque viven una vida prieta, repleta, rebosante. Salen del curro y se meten a dar clase de euskara. Para seguir con una reunión del Sindicato, empalmar con una cena organizada para discutir el programa de las peñas, tomar café con la Comisión de la Asociación de Vecinos que anda montando la campaña contra el fraude alimentario y pegarte un bocinazo desde la mesa de la esquina para maldecirte en voz alta y atronante porque aún no has corregido su carta para EGIN.
Son incombustibles porque andan siempre ardiendo en la llama alegre y alborotada de la práctica revolucionaria. Son incombustibles porque utilizan sin desmayar el fuelle de su acción sobre la chispa de la conciencia de clase de los otros. Son incombustibles porque oponen con tozudez y determinación la fuerza tranquila de la clase obrera a la espasmódica y epiléptica violencia de los sayones del Capital. Son incombustibles porque miran sin pestañear a los ojos de la violencia que es la partera de la Historia. Son incombustibles porque ríen. Porque cantan. Porque saben que la acción revolucionaria no es, no tiene que ser, no puede ser, el oficio reglamentado y burocratizado de una sectaria vanguardia troquelada en serie por una Regla rígida de ascéticos cooptados sino el cauce ancho y generoso de una alegre tropa voluntaria que disfruta a cada instante con lo que hace en vez de andar trabajosamente purificando su ego con el aburrimiento soportado de lo que cumple por obligación.
Son incombustibles. Son una gozada de gente. Son una rareza en un Estado como el español sembrado a voleo de "desencantados", de dimitidos, de gastados, de "quemados". Son la baza de Euskadi. La garantía de que la victoria está cerca. Porque la alumbran a cada hora con sus vidas que brillan al quemarse. Esos. Los incombustibles.